El pasado mes de diciembre de 2020 se publicó en la revista on line Periódico Escuela una entrevista realizada a Carmen Molina, presidenta de CEPAMA y a María Ruiz-Peña, vicepresidenta de CEPAMA. En esta entrevista nuestras compañeras intentaron acercar el mundo de las niñas autistas a la comunidad docente. Os ponemos a continuación algunos párrafos de la entrevista, que podéis leer en su totalidad en este enlace. Agradecemos a la publicación digital por ayudar a visibilizar el perfil de las niñas en el espectro del autismo tan poco identificado en los ámbitos escolares.

Ser autista

Ser niña y autista favorece pasar desapercibida y esquivar el diagnóstico, afirma Molina. El espectro de trastornos autistas es amplio. Hay muchos tipos, y casi tantas formas de vivirlo como personas con TEA. En este contexto, los perfiles explosivos son más comunes en niños que en niñas. «Ellas lo viven más hacia dentro», explica Molina, algo que puede confundirse con una timidez extrema, tan común en ellas. Mientras los niños lo manifiestan con comportamientos visibles al exterior, como rabietas o tics. «Los hombres lo hacen más al exterior. Las mujeres aprenden a camuflarse», apunta Molina.

El enfoque de género explicaría la brecha entre niños y niñas con autismo. El salto estadístico se acorta a medida que mejoran las herramientas de diagnóstico con los años. Así, la proporción hace 30 años era una niña por cada nueve niños con TEA; hoy es una de cada tres diagnosticados, según un estudio de la Academia Americana de Psiquiatría Infantil y Adolescente de 2017.

El autoconocimiento, la introspección y el camuflaje son formas de afrontamiento de la condición autista presentes de niñas y mujeres muy por encima de sus compañeros varones, asegura Molina. La diferencia en los datos tendría su explicación en que las herramientas de diagnóstico han sido creadas pensando en un solo perfil de TEA: varones que exteriorizan sus síntomas. Algo que deja «fuera de radar» a la mitad de la comunidad autista. «Es por ello por lo que hay niñas, mujeres, personas trans o de diferentes identificaciones de género que sufren una múltiple discriminación: por su condición autista y por su identidad de género», asegura la experta.


Cargar con la mochila del autismo invisible pasa factura. No saber qué ocurre suma un estrés añadido al trastorno. El exceso de tensión, un constante cuestionamiento y los desajustes emocionales son frecuentes en estos casos sin diagnóstico. En estadios avanzados puede derivar en trastornos psicológicos como la depresión o la ansiedad crónica —como la que vivió Carmen—, o en enfermedades de origen psicosomático, como trastornos alimentarios o fibromialgia.


La escuela es el territorio de diagnóstico

El filtro para detectar el autismo a tiempo es la escuela. María Ruíz, pedagoga y formadora de profesores, y también mujer con autismo, así lo afirma. Para ella, la clave radica en formar a los profesores. «Es esencial corregir ciertos vicios a la hora de tratar con estos alumnos. La perspectiva es exigir a los TEA que se adapten al mundo, a los convencionalismos sociales, a un modo de reaccionar más o menos inapropiado. Debemos acabar con esto. No volver a decir «no puedes ponerte así por una tontería», porque quizás para esa persona es más que eso», defiende.

Ruiz incide en la idea de que no todas las personas TEA son iguales. «Hay grados, y unos son más difíciles de detectar que otros». Ser brillantes en lo académico o bien aceptados en un grupo no es incompatible con vivir con un TEA. «Muchos creen que un autista no puede desenvolverse bien en otras áreas y descartan que haya un problema si hay buenas notas», incide la pedagoga. O simplemente «aceptan sus rarezas como rasgos de su personalidad».

Esta invisibilidad del autismo en ciertos círculos afectaría también a los adultos. «El problema está enfocado a los niños». Ruiz puntualiza que «el autismo no se cura. Te acompaña toda la vida». Por lo que «si hay alumnos autistas, también hay profesores».

Molina añade que, tras más de 10 años como formadora de docentes, puede afirmar que los profesores han oído hablar del autismo y lo conocen, pero desconocen exactamente qué es. «Mantienen los estereotipos de autismo vigentes en los años cincuenta y sesenta, como si fuese una discapacidad intelectual», asegura. Hay camino por hacer, pero reconoce que cada vez hay más formación.


Dos riesgos añadidos para ellas

En las niñas autistas se dan dos riesgos añadidos: los trastornos alimentarios (los últimos estudios hablan de que un 23% de las jóvenes con anorexia o bulimia podrían ser autistas) y los abusos sexuales. Las jóvenes autistas cuentan con menos flexibilidad para comprender y manejar el cortejo y las manifestaciones de afecto, por lo que «caen con frecuencia en manos de jóvenes desaprensivos, siendo abusadas y abandonadas con frecuencia», apuntan desde CEPAMA. Ellas pueden llegar a pensar que estos procesos son necesarios para asegurar su permanencia en el grupo.


Os invitamos a conocer este Periódico Escuela digital en este enlace